Cómo conocemos a Dios
Antes de decir algo sobre Dios, conviene preguntarse cómo es que podemos decir algo sobre Dios. Esa es, en el fondo, la pregunta de la prolegómena: no arrancamos con un sistema cerrado, sino con la convicción de que Dios ha decidido darse a conocer. La teología cristiana no es una especulación sobre lo divino desde abajo, sino una respuesta a una revelación que viene desde arriba.
Revelación general y especial
Dios se revela de dos maneras. Por un lado, a través de lo creado y de la conciencia moral, en la creación, algo que Pablo describe cuando dice que los atributos invisibles de Dios se perciben claramente en lo que ha sido hecho. Esa revelación general alcanza para dejarnos sin excusa, pero no alcanza para salvarnos. Para eso hace falta la revelación especial: la Palabra hablada y encarnada.
La Escritura como Palabra de Dios en palabras humanas
Sostengo, con la Iglesia de todos los tiempos, que la Escritura es inspirada: “toda la Escritura es inspirada por Dios”. Eso no significa que Dios haya dictado un texto anulando la personalidad de los autores humanos; significa que el Espíritu obró de tal manera, a través de personas reales, en momentos históricos reales, que el resultado es fiable y autoritativo para la fe y la conducta.
Una revelación que puede ser libremente aceptada o rechazada —como lo fue por quienes escucharon a los profetas y al mismo Jesús— ya nos dice algo importante sobre cómo Dios trata con las personas: no impone, invita. Ese talante va a aparecer una y otra vez en las páginas de esta bitácora.